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Marrakech y el desierto de Marruecos (relato de viaje) |
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PACO LOZANO Marrakech ha cambiado mucho en los últimos años. Era una
ciudad maravillosa, mágica, anclada en tiempo, en cuyas calles vendedores de
todo tipo y falsos Al anochecer, la plaza y sus alrededores son un increíble hervidero. En cambio, en las callejas de la medina (estrechas, por lo general rectas, que a trechos pasan bajo arcos), sólo el paso de una moto estorba de tarde en tarde los juegos de los niños. Ait BenhaddouPara ir de El concepto que los marroquíes tienen de la limpieza es bastante peculiar. De hecho, el recinto en que comimos (decorado como una jaima) parecía no haberse limpiado nunca. Cuestión aparte es la de las letrinas: si tienen agua corriente, se tratará sin duda de un grifo en la pared del que cuelga un pequeño cubo. Más de un viajero echará de menos un cartel con las instrucciones de uso. Después de comer visitamos el ksar. El berebere miope, de negros dientes y piel oscura que nos sirve de guía nos explica en su mal francés (aprendido en la calle, porque él solamente fue a la escuela coránica) que cuando el río crece no se puede cruzar, y las pocas familias que viven en ese lado quedan aisladas. TaourirtEn Ouarzazate merece la pena visitar la kasbah de Taourirt, con sus numerosas dependencias, entre las que destaca un comedor abierto a todos los vientos (con grandes ventanas en cada una de sus tres paredes exteriores). Cuando las ventanas de la kasbah-palacio se cerraban, unos orificios situados delante de ellas, defendidos del viento (y de la arena arrastrada por él) por un saliente de la propia obra, facilitaban la ventilación, algo imprescindible en una tierra en la que la temperatura puede llegar, en verano, a ser asfixiante. Las dunas rosadas del Sahara
Poco tiempo después estábamos subiendo la gran duna, tarea dura donde las haya. Habíamos hecho la mitad del camino cuando nos vimos rodeados por un enjambre de niñas que, a partir de ese instante, no iban a parar de hablarnos; básicamente por el placer de conversar, aunque siempre atentas a la posibilidad de sacarnos algún dinero o una golosina. Cuando, por fin, llegamos a lo más alto, observamos que el grupo de niñas, que en ese momento estaba a unas decenas de metros de nosotros, emprendía súbitamente el camino de regreso. Nos apresuramos a seguirlas cuando vimos que se aproximaba una tormenta de arena. La arena nos alcanzó a medio camino, y fue llenando nuestros bolsillos y nuestras botas mientras caminábamos, con el rostro cubierto, hacia el albergue de Alí el Cojo. El valle del DraaEl camino que va de A medio camino, paramos en un pueblecito para tomar una Coca-Cola (por supuesto, en esta zona de Marruecos es prácticamente imposible encontrar cerveza). Es viernes, y, aunque todavía es temprano, algunas personas entran a comer. Observamos que no les ponen cubiertos. Comen el guiso de carne y verduras con la mano, dejando los huesos sobre la mesa. Proseguimos nuestra ruta y llegamos al valle del Draa, con sus inmensos palmerales. Finalmente, después de comer un sándwich a la entrada de Zagora, atravesamos la ciudad y hacemos una parada junto al mellah de Amezrou. Nos internamos por las callejas, y al instante nos rodea un enjambre de niños mocosos y sucísimos que pretenden guiarnos hasta los establecimientos de orfebrería del barrio, heredados por los bereberes de los judíos que emigraron a Israel en 1948. Resulta imposible librarse del acoso de los niños, y hacemos un rápido recorrido por el antiguo barrio judío con nuestra mugrienta y ruidosa escolta. Nuestro hotel está a la salida de Amezrou. Por la tarde, volvemos caminando hacia el pueblo, siempre acompañados por niños o muchachos (cuando uno nos deja acude otro) que pretenden llevarnos a "la kasbah de los jordios" (así es como llaman al mellah, pretendidamente en español) o a cualquier otro sitio, o intentan vendernos algo o que les demos dinero, caramelos o bolígrafos. Pasamos al lado del cementerio (que, como todos los de esta parte de Marruecos, no es más que un terreno jalonado por un montón de piedras puestas en pie, señalando los lugares donde reposan la cabeza y los pies de los cadáveres). Por fin, nos internamos en el palmeral, el interminable palmeral de Zagora.
Relato de un viaje a Marruecos: Marrakech y la ruta de las kasbahs. |
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