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Rodas, un viaje en el tiempo (relato de viaje) |
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24 de febrero de 2007. El avión Atenas-Rodas es como un autobús de pueblo. Lo primero que llama la atención es que muchos pasajeros se conocen, se saludan y charlan entre ellos. Cuando el avión está casi lleno, los viajeros empiezan a cambiar de asiento, acomodándose a su gusto en los sitios libres. Luego llegan los que deberían ocupar esos asientos, y no les queda más remedio que sentarse en los que han quedado desocupados. Nadie se queja. Una vez en el aeropuerto de Rodas, recogemos nuestro coche de alquiler y buscamos nuestro hotel, el Mediterranean, que está situado en el extremo norte de la ciudad (y de la isla). Es un hotel muy correcto, y su nivel de ocupación es bajo en esta época del año, lo que siempre se agradece. Es de noche y no vemos la costa turca, aunque sabemos que está ahí enfrente, a 15 km. de nuestra terraza. Salimos a cenar. Es sábado y hace una temperatura muy agradable. Los precios son caros, cosa que ya nos esperábamos. Nos choca que los griegos sigan fumando mucho, muchísimo, y que se fume en todas partes. Aquí no hay espacios sin humo. Un poco más adelante está Mandraki, el antiguo puerto en el que, según la tradición, se encontraba el Coloso de Rodas. Hoy en día, la entrada al puerto está defendida por la torre de San Nicolás, levantada en el siglo XV al final del malecón, y a la entrada del puerto pueden verse dos columnas coronadas por un gamo macho y otro hembra, herencia de la dominación italiana. Nosotros estamos impacientes por entrar en la ciudad vieja, y seguimos caminando. Bordeamos las murallas hasta llegar a la puerta más cercana y, al entrar en la ciudadela, nos encontramos con la iglesia de Santa María, antigua catedral de los Caballeros de Rodas (los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén se instalaron en Rodas cuando los turcos les obligaron a abandonar Palestina; permanecieron en la isla más de dos siglos, hasta que fueron expulsados también de allí). La iglesia fue más tarde convertida en mezquita por los turcos. Enfrente se levanta el Hospital de los Caballeros, convertido hoy en Museo Arqueológico. El Hospital es un imponente edificio del siglo XV. En las antiguas celdas, cada una con su chimenea, se exhiben las piezas del museo. La Gran Sala de los Enfermos es impresionante. Cuando salimos del Hospital, recorremos la calle de los Caballeros, que parece anclada en la Edad Media. En ella, además de las famosas posadas en las que residían los caballeros agrupados por lenguas (hay una posada de Francia, una de Italia, una de España, etc.), hay una mansión otomana en restauración, con una preciosa fuente en el jardín. Al final de la calle está el Palacio del Gran Maestre, que tiene muy buen aspecto. Y es que no es tan viejo como debería, puesto que fue destruido por una explosión en el siglo XIX y reconstruido por los italianos en el XX. Comemos en la plaza, en la terraza de un restaurante, con unas vistas maravillosas. Luego continuamos calle abajo hasta la plaza que daba acceso al barrio judío, y salimos de la ciudad junto con los cientos de cruceristas que tienen que embarcar a esa hora en el enorme buque que les espera en el muelle. Al marcharse los cruceristas, la ciudad vieja queda completamente vacía, y la mayor parte de los establecimientos echan el cierre. Cosas de la temporada baja. Tomamos café en la cantina del puerto. Luego seguimos explorando la ciudad, acompañados por un perro vagabundo. 26 de febrero de 2007. Dedicamos el día a recorrer la isla en coche. Nuestro plan es bajar por la vertiente este y subir por la oeste. Paramos brevemente en el balneario de Kalithea, utilizado desde la antigüedad, y continuamos hacia Lindos. La costa está destrozada por el auge del turismo de sol y playa. En este sentido, me recuerda a la costa mediterránea española, pero aquí se construye con peor gusto (con el pésimo gusto con el que se construía en España hace veinte o treinta años). Continuamos hacia el sur. Más adelante, abandonamos la carretera principal para llegar a Asklipios, un pueblo de montaña con casas de techo plano que, de nuevo, nos recuerda los pueblos de las Alpujarras. El pueblo conserva los restos de un castillo y una pequeña iglesia bizantina. Volvemos a la vía principal y, algo más al sur, tomamos la carretera que cruza la isla hasta su vertiente Oeste. El interior está conservado, y también la parte sur de la isla. Llegamos a Monolithos, pueblo que debe su nombre al enorme peñasco en cuya cima se levantó el castillo del mismo nombre. Subimos a pie a las ruinas del castillo. La subida es corta y, sorprendentemente, no resulta dura. Desde allí, las vistas de la costa son magníficas. Anochece mientras subimos hacia Rodas por la vertiente este, que, por el momento, no ha sufrido en exceso las agresiones del turismo. 27 de febrero de 2007. Vamos en coche hasta el extremo del malecón de Mandraki, donde está la torre de San Nicolás. Junto a la torre viven decenas de gatos, alimentados por la gente. Desde este punto, más allá de los yates amarrados en los muelles, se ven las murallas de la ciudad vieja y, asomando por encima de ellas, la imponente mole del Palacio del Gran Maestre. A la derecha, más cerca, justo detrás de las columnas que flanquean la entrada al puerto, tenemos las construcciones de la época italiana: en primera línea, el hermoso edificio de la Nomarhía, antigua residencia del gobernador. Rodas tiene, desde aquí, un aspecto realmente magnífico. Luego subimos a la Acrópolis. Los italianos se pasaron de rosca reconstruyendo, pero en este momento hace sol, la temperatura es muy agradable, y se está muy bien allí. Un consejo: si viajas a Rodas en verano, hace calor y no dispones de coche... no te preocupes, puedes prescindir de la visita a la Acrópolis. Bajamos a la ciudad vieja. Está totalmente muerta (hoy no ha atracado ningún crucero en el puerto). Buscamos un sitio para comer. Cuando salimos del restaurante está lloviendo. Recorremos bajo la lluvia las viejas calles vacías hasta llegar al coche, aparcado al pie de la muralla. Más tarde, ya de noche, volvemos a la ciudad vieja, que nos atrae como un imán, y recorremos de nuevo sus calles vacías, oscuras y frías. Es nuestra despedida, porque mañana tomaremos el avión de regreso. Caminando de noche por la calle de los Caballeros, sin un alma a la vista, al viajero le parece haber realizado un viaje en el tiempo.
Relato de un viaje a Rodas (Grecia). |
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