Relatos de viajes

Roma: qué ver en cuatro días (relato de viaje)

Por LAURA CRUSELLAS, autora de ApartamentosenRoma.org


Roma siempre había sido la capital de Europa pendiente en mi lista de “viajes imprescindibles” y por fin pude cumplir el sueño de pasar 4 días conociendo sus calles, Roma: Villa Borghesedegustando su comida y viendo alguno de los monumentos más importantes de nuestro continente. Volamos desde Creta, ya que habíamos pasado una semana en esta hermosa isla griega, y el vuelo sólo duró 2 horas pero con el cambio horario para ‘nuestros relojes’ había transcurrido sólo una hora, así que pudimos aprovechar para disfrutar de toda la tarde del lunes. Llegamos al aeropuerto de Fiumicino y cogimos el tren ‘Leonardo Express’ para llegar hasta Termini (14 euros por persona el billete ya que es un tren directo hasta el corazón de Roma). La primera toma de contacto con el metro de Roma fue fácil, ya que la capital italiana sólo cuenta con dos líneas: la naranja (A) y la azul (B). Habíamos alquilado un apartamento en Roma junto al Vaticano, así que dejamos las maletas y visitamos el “estado más pequeño del mundo” durante el atardecer. Tras degustar nuestra primera pizza del viaje, nos fuimos a descansar ya que el siguiente día sería bastante intenso.

Día 1, centro de Roma

Al estar alojados en el Vaticano, el camino más recto y andando hasta el corazón de Roma era pasando por uno de los castillos más hermosos que he conocido: el Castello de Sant Angelo. Está situado a orillas del río Tíber y ofrece una bonita fotografía para tomar desde el Puente Vittorio Emanuele II. Precisamente siguiendo esa avenida en recto y girando al final a la derecha llegamos hasta el Campo dei Fiori. Nunca había visto tanta actividad comercial en un espacio tan pequeño; numerosos puestos callejeros intentaban captar la atención de los turistas para que les compraran fruta, verdura, licores, pasta… Aprovechamos para rellenar nuestra botella de agua sorprendentemente fresca de una de las fuentes de esta zona, y continuamos andando hasta la Plaza Navona. Aquí pudimos ver las tres fuentes que le dan vida: la de Neptuno, la del Moro y la de los Tres Ríos; eso sí, imposible fotografiarlas sin turistas ‘de por medio’ ya que estaba llena. Junto a la Plaza hay una de las oficinas de turismo de la ciudad, a la cual entramos para adquirir un mapa de Roma (hasta ese momento nos movíamos con el navegador del móvil) y nos cobraron 1,50 euros por él.
Nuestra siguiente parada estaba a unos 5 minutos andando, así que enseguida llegamos al Panteón de Agripa. Es el monumento más antiguo y mejor conservado de la ciudad y la verdad que impresiona tanto desde el exterior como en su interior; para acceder a él no hay que pagar (uno de los pocos monumentos gratuitos de Roma). Seguimos hacia el este hasta llegar a la Fontana de Trevi, donde nuestra ilusión de esfumó tras comprobar que estaba totalmente vallada… Aunque ‘chafados’ por no ver el esplendor de la fuente más famosa del mundo, nos dirigimos hacia el norte pasando por otras tres plazas también importantes: la de Colonna, la de España y la del Popolo.  Para volver hacia el apartamento, aprovechamos que el sol ya no era tan intenso y volvimos paseando por el centro de Roma fotografiando los mismos monumentos pero esta vez iluminados.

Día 2, el Vaticano

El Vaticano, RomaComo sabíamos que las filas para los Museos Vaticanos eran eternas, quisimos acceder a su interior a las 13 horas pensando que el volumen de turistas sería menor. Aun así, tuvimos que esperar 40 minutos hasta llegar al interior ya que los que entraban con un guía pasaban directamente (también pagaban el doble que los demás). El precio es de 16 euros por persona y el recorrido lo hicimos en unas 3 horas. Intentamos escapar de la masificación viendo primero los museos ‘que parece que nadie quiere’ como fueron la Pinacoteca, la Galería de Tapices o el Museo Pío-Clementino, pero el agobio llegó más tarde al intentar acceder a la Capilla Sixtina. Los turistas fotografiaban todo lo habido y por haber de camino hasta la sala más importante del Vaticano pero sin prestar en realidad atención al resto de museos se exponían de camino a ella. Una vez que los guardias nos colocaron ‘como borregos’ en su interior y nos obligaron a guardar nuestras cámaras y mantenernos en silencio, admiramos el hermoso techo de la sala pero no duramos mucho dentro debido a la gran cantidad de gente que había en ella.
A la salida, volvimos a ‘respirar aire puro’ y aprovechando que íbamos con la vestimenta ‘decente’, es decir hombros y rodillas cubiertas, entramos a la basílica de San Pedro. Hay un acceso directo desde la Capilla Sixtina, pero la aglomeración era tal, que optamos por salir y entrar por la hermosa Plaza de San Pedro. La entrada a la enorme iglesia es gratuita aunque es muy difícil hacerlo sin hacer fila ya que se pasa un control de seguridad (la espera no es nada comparado con la del Coliseo o la de los Museos Vaticanos). Como el día había sido intenso y bastante agobiante, decidimos escapar del turismo masivo relajándonos en el parque por excelencia de Roma: Villa Borghese. Aquí está la Galería homónima, el zoológico de la ciudad, un hermoso lago, amplias explanadas de césped donde había gente practicando deporte; en definitiva, un espacio verde donde parecía que los turistas no habían descubierto todavía…

Día 3, Coliseo, Foro y Palatino

El tercer día en Roma era ‘el gran día’, donde por fin íbamos a visitar el símbolo de la ciudad: el Coliseo. Pero para evitarnos una larga fila para entrar hicimos el truco que parece que sólo unos pocos conocen: entrar por el Foro. El Foro RomanoY es que la entrada (cuesta 7,50 euros para menores de 25 años y 12 euros para el resto) incluye el acceso al Coliseo, Palatino y Foro Romano, pero las colas son mucho más reducidas si se adquieren desde éste último. Justo al lado está una de las construcciones que más me impresionaron, el Monumento a Víctor Manuel II, situado en la Plaza Venecia y junto al Ayuntamiento de Roma y del Foro. Una vez en el interior del Foro y del Palatino retrocedimos en el tiempo dos mil años atrás para pasear por las mismas calles que pisó Julio César. Desde los jardines del Palatino se obtiene la mejor fotografía del Coliseo, ya que ‘a los pies’ del monumento su magnitud y aglomeración de turistas nunca deja captar la belleza total del anfiteatro.
Salimos del Foro y Palatino y accedimos directamente al interior del Coliseo, no sin antes ‘sentirnos orgullosos’ por no haber hecho la fila eterna que estaban haciendo literalmente miles de turistas… Y aunque habíamos visto cientos de fotos del Coliseo previamente, nos impresionó como si fuera la primera vez. Una vez realizado el exhaustivo recorrido por su interior, nos dirigimos hacia el apartamento no sin antes visitar una de las estatuas más famosas (y más escondidas) de Roma: la Boca de la Verdad. Aunque nos costó encontrarla ya que está a las puertas de la iglesia de Santa María de Cosmedín pasando desapercibida, hicimos la rigurosa fila para hacernos la típica fotografía metiendo la mano en su interior.

Día 4, sur de Roma

Y en nuestra última jornada en la Ciudad Eterna, aprovechamos para recorrer los dos lugares que muchos turistas se ‘pierden’ por falta de tiempo y desconocimiento: las colinas de Aventino y Gianicolo. Desde ésta última se dispara todos los días a las 12 horas un cañón, sea cual sea la climatología (de hecho, ‘llovía a mares’ cuando fuimos testigos). Paseando por Gianicolo y a unos 15 minutos a pie se llega al famoso barrio del Trastévere donde el olor a mortadela, pizza y pasta hacen ‘rugir las tripas’ de cualquier turista. Tras degustar la cocina italiana en uno de los restaurantes más famosos de la capital, ‘Dar Poeta’, continuamos nuestro recorrido por el sur de Roma hasta llegar al barrio del Aventino. También está en una de las zonas más altas de la ciudad y además que desde él se tienen unas impresionantes vistas hay un rinconcito que merece ser visitado: la mirilla de Aventino. Aunque pensábamos que seríamos los únicos en conocer este ‘secreto’, tuvimos que hacer una mini-fila para mirar por esta mirilla en la que lo único que se ve es la cúpula de San Pedro. Sin duda, este fue el broche final y perfecto para nuestro primer viaje (y espero que no último) a Roma.

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