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Siria (relato de viaje) |
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PACO LOZANO El vuelo desde España a Siria dura unas cinco horas. Tienes que cruzar el Mediterráneo de Oeste a Este, sobrevolando Italia, Grecia y las islas del Egeo. Por fin llegas a la costa asiática, pero aún tendrás que atravesar el Líbano para llegar a Damasco. Ese fue nuestro recorrido del 24 de febrero de 2008. En el avión de Syrian Airlines, que no iba completo, viajábamos turistas españoles y sirios residentes en España. En la fila de delante, un joven sirio volaba a su país para recoger a su mujer, con la que se había casado no hacía mucho. Iba a traerla a España. Nos enseñó fotos de la boda: la chica era muy guapa. DamascoNuestro hotel en Damasco era el Cham Palace: un vestíbulo grandioso y habitaciones más bien pequeñas. Pero nosotros no lo habíamos elegido por el tamaño de las habitaciones, sino por su situación, en el centro de la ciudad y a un paseo de la Ciudad Vieja. Así que, sin perder tiempo, salimos a explorar Damasco. Lo que primero nos llamó la atención fue la omnipresencia del presidente El-Assad (hijo). En las fachadas de los edificios, en los comercios, en los taxis... en todos los sitios se muestra su fotografía. Los dos primeros días molesta bastante, luego uno se acostumbra y ya no ve al gran líder. Otra cosa que te baila en el cerebro es la sensación de peligro. No por la delincuencia (Siria es, probablemente, el país más seguro, en este sentido, de los que conozco -y entre ellos se encuentran la mayoría de los países de Europa-), sino por la circulación rodada. Cada vez que tienes que cruzar una de las calles principales, te la juegas (ni los coches ni los peatones obedecen las señales de tráfico). Y, en las calles estrechas de la ciudad vieja, la cosa es aún peor (tuve suerte, ya que, en todo el viaje, sólo me golpeó una bicicleta; lo que significa que pude evitar al menos cien espejos retrovisores, bien sea arrimándome a la pared, bien refugiándome bajo el dintel de alguna puerta). Con estas sensaciones llegamos hasta la ciudadela, al lado de la cual se abre la puerta de entrada al zoco Al-Hamidiyya. Caminamos a lo largo del zoco. Los comercios estaban cerrados (hacía tiempo que había anochecido), pero aún había bastante gente en la calle cubierta,tenuemente iluminada. Llegamos hasta la Gran Mezquita de los Omeyas. No es mala idea verla por primera vez de noche, aunque tampoco estará mal conocerla de día. Rodeamos la mezquita, situada en plena ciudad vieja, y volvimos a dormir al hotel. 25 de febrero de 2008. Por la mañana
vimos el Luego nos dirigimos al recinto de la Gran Mezquita. Junto a la taquilla en la que se venden los tickets hay perchas con chilabas de varios tamaños, porque a las mujeres no les está permitido el acceso con ropas occidentales. Con los tickets en el bolsillo y la vestimenta adecuada entramos primero en el Fuimos a comer al restaurante Elissar, en el barrio cristiano. Las mesas están en un patio cubierto, enmedio del cual hay una fuente. El servicio es muy atento, y la comida exquisita: un restaurante muy recomendable. Pero en la carta, en árabe e inglés, no figuran los precios, lo que, por otro lado, es normal en los restaurantes sirios (supongo que, si el turismo sigue en ascenso, las cosas cambiarán pronto en el país). Por una comida para dos personas, con agua y dos cervezas pero sin postre, nos cobraron el equivalente a 16€. Eso sí, no nos permitieron pagar con tarjeta de crédito (por ahora, si viajas a Siria, olvídate de la tarjeta). Después de comer visitamos la subterránea capilla de Ananías, que la tradición cristiana relaciona con el episodio de la conversión de Saulo. Si viajas por tu cuenta puedes prescindir tranquilamente de esta visita (si vas en un viaje organizado, lo más probable es que te veas obligado a realizarla). A continuación, nos encaminamos, siempre por el barrio cristiano, hacia Bab ash-Sharqui, una de las más antiguas puertas de Damasco, que procede de la época romana. De camino, una vieja que, a todas luces, no estaba en sus cabales, se nos acercó para mendigar una moneda. Lo anoto porque en Siria no hay casi pedigüeños (ni ladrones, como antes dije). Un comerciante de la zona se acercó rápidamente a nosotros para explicarnos el caso de la anciana, que, nos contó, enloqueció al encontrar a sus cuatro hijos muertos en el incendio de su casa. Nos contó también que tenía dinero, y que había rechazado la ayuda de la Sociedad de San Vicente de Paul. Evidentemente, le avergonzaba que la anciana nos hubiera pedido limosna. Llegados a la puerta, iniciamos el regreso por la Calle Recta, que tiene su origen en el Decumano romano. Pero estaba en obras, el piso totalmente levantado, y tuvimos que renunciar a recorrerla por completo, así que acabamos perdiéndonos en el barrio cristiano. Palmira26 de febrero de 2008. Partimos en autocar y nos adentramos en el desierto sirio. Vemos fábricas, al parecer de construcción reciente, en medio de la nada. Hacemos un alto en el Bagdad Café (hay varios Bagdad Café, pero nos dicen que éste es el original, el café-bar más antiguo del desierto). Finalmente llegamos a Palmira. Las ruinas de la antigua ciudad se levantan junto al oasis, al lado
del pueblo moderno. Visitamos las La guía Lonely Planet dice que el único sitio aceptable para comer en Palmira es el restaurante del Hotel Villa Palmyra. Si eso es cierto, ¡cómo serán los demás! Porque allí no hay carta, sólo hay cerveza siria (que, definitivamente, no nos gusta), no hay postre (estamos en temporada baja), el café hay que tomarlo en el vestíbulo del hotel... y la comida no se parece a la del Elissar, aunque el precio sí es similar. Así que no me preguntéis por un sitio para comer en Palmira: no tengo ni idea. Apamea, Sergilla y Alepo27 de febrero de 2008. Viajamos hacia el noroeste. Salimos del desierto y llegamos a Hama, la ciudad de las Luego visitamos Nuestro hotel, el Chahba Cham, es gigantesco. Tiene 22 pisos, y ocupa una enorme extensión de terreno. Nuestra habitación está en el piso 14. Desde allí, las vistas de la ciudad son increíbles. Ya es de noche. Caminamos hasta la ciudad vieja, que está muerta a esa hora. Llegamos a la Gran Mezquita y, desde allí, volvemos al hotel. 28 de febrero de 2008. Por la mañana, nos acercamos a la frontera turca para visitar las ruinas de la Más tarde, regresamos a Alepo para visitar la
Después de comer frente a la ciudadela, sin cerveza ("¡Estamos en la ciudad vieja!", nos dijo el camarero del restaurante cuando le preguntamos si servían alcohol), paseamos por las calles cubiertas del El sol se ha puesto ya cuando nos acercamos a Volvemos en taxi al hotel. El taxista no habla inglés. Al preguntarle el importe de la carrera, nos suelta una parrafada en árabe. Vuelvo a intentarlo, con el mismo resultado. Le damos un billete de 100 libras sirias para que nos devuelva el cambio, pero se lo guarda con un "okey". Bueno, en todo viaje te tienen que engañar alguna vez... Aunque no sé si se debería considerar esto como un engaño, porque 100 libras sirias equivalen aproximadamente a un euro y medio. El Krak de los Caballeros y Maalula29 de febrero de 2008. Camino de Damasco, visitamos Por la tarde llegamos a Luego, por un estrecho Damasco1 de marzo de 2008. Es sábado. El día es soleado y caluroso. Empleamos buena parte de la mañana en recorrer de nuevo la Gran Mezquita de los Omeyas, pero esta vez con calma, sentándonos en el suelo aquí y allá, en el
Más tarde, en el patio, vemos un grupo de chiítas, que por su aspecto no parecen sirios, reunidos alrededor de un estandarte y dando grandes gritos. La gente se arremolina a su alrededor. Luego, el grupo se pone en marcha, los hombres alrededor del estandarte, gritando el nombre de Hussein y golpeándose el pecho, y las mujeres a un lado. Y empiezan a caminar en nuestra dirección. Tienen un aspecto poco tranquilizador, pero algunos sirios les hacen fotos... así que suponemos que no hay peligro, y también nosotros los fotografiamos. Son peregrinos que vienen a visitar la tumba del imán Hussein (que está en una sala, en el lateral del patio en el que nos encontramos nosotros en ese momento). La sala de Hussein está de bote en bote. Nos cuesta trabajo llegar hasta la tumba, protegida, como la de Juan el Bautista, por una reja. Impresiona ver el fervor de los chiítas que se concentran allí. Claro que el fervor, cuando se vuelve contra los otros, se convierte en fanatismo. Es lo malo de las religiones. Los del estandarte están también dentro de la sala. Ya no gritan. Después de salir de la mezquita, comemos en el restaurante Old Town, en el barrio cristiano. Recomendable. Comedor muy agradable en un patio cubierto, sirven alcohol, buena comida y carta en inglés... ¡y con los precios! Luego, como es nuestra última tarde en Siria, dedicamos un tiempo a las compras: dulces de pistacho y mantequilla en la zona de las pastelerías y algunos objetos de artesanía en Artisanat (conjunto de establecimientos situados en una antigua madrasa turca; un lugar precioso que merece la pena visitar, vaya o no a comprarse algo). A la una y media de la madrugada partimos hacia el aeropuerto. Allí encontramos al joven sirio que conocimos en el viaje de ida, al que ahora acompaña su bonita mujer de ojos claros. Ambos harán el viaje de vuelta hasta Madrid con nosotros.
Relato de un viaje a Siria. |
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