Relatos de viajes

Egipto maravilloso (relato de viaje)

Un desapacible febrero tomamos un avión en el aeropuerto de Barajas, sobrevolamos el Mediterráneo y el estrecho de Mesina y, no sin ciertas dificultades debidas al fuerte viento, aterrizamos en Alejandría, la capital costera de Egipto. Una vez realizados los trámites administrativos (control de pasaportes, visados), partimos hacia El Cairo por la carretera del desierto.

Nos alojamos Taller de alfombras en Saqqarah, Egipto (fotografía: PACO LOZANO en el hotel Cairo Sheraton, que era un gigantesco laberinto. Para llegar a cualquier sitio subíamos escaleras, bajábamos escaleras, recorríamos interminables pasillos. Desde la habitación se veía un brazo del Nilo. Se comía muy bien (la carne, traída de los Estados Unidos, era excelente). El servicio era correcto y amable, aunque imprevisible. En el hotel, cada día era diferente a los otros (al fin y al cabo, estábamos en Egipto): un día te dejaban chocolate en la habitación; otro día te  dejaban un diario en inglés (y por un momento te alegrabas de haber tenido más suerte que tu vecino español, al que le habían dejado un diario en árabe); a las horas más extraordinarias recibíamos avisos por debajo de la puerta...

Las pirámides de Giza y Saqqarah

Visitamos las pirámides de Giza con lluvia y viento, cubiertas  nariz y boca con la bufanda para protegernos de la arena. Tocamos las pirámides, las fotografiamos. Entramos, agachados, hasta la cámara funeraria de Kefren. Allí, el aire es casi irrespirable. Un visitante se hace fotografiar tendido en la fosa preparada para la momia. En la pared desnuda figura, escrito con grandes letras, el nombre de Belzoni.

Bajamos por la margen izquierda del Nilo hasta la región de Saqqarah. Desde la carretera se ven las pirámides. De Menfis no queda prácticamente nada, pero el recinto sepulcral de Zóser, con la pirámide escalonada, hace que merezca la pena el viaje. Visitamos también la mastaba de la princesa Idut, que consta de varias cámaras en cuyas paredes se representan escenas de la vida cotidiana.

El autocar se detiene en un taller en el que niños de todas las edades tejen alfombras a mano. Fotografiamos a los niños, y luego salimos a la estrecha carretera, que discurre junto a un canal, mientras el resto del grupo se las entiende con los vendedores.

El Cairo

El Museo Egipcio es impresionante, pero está tomado por un ejército de turistas. Dicen que por las tardes hay menos gente.

Museo Egipcio, El Cairo (fotografía: PACO LOZANO)Por la noche, asistimos a la clásica cena típica con espectáculo. La comida era francamente mala; el espectáculo, entretenido; lo que realmente mereció la pena fue el viaje en taxi a través del tráfico demencial de El Cairo. En El Cairo no existen las reglas de circulación; los semáforos no se respetan; en los cruces, pasa primero el que consigue meter antes el morro del coche; los vehículos se mueven constantemente a izquierda y derecha, haciendo notar su presencia mediante continuos toques de claxon, en tanto que los peatones arriesgan continuamente la vida cruzando la calzada por cualquier sitio. Iba yo sentado en el asiento delantero del taxi, al lado del conductor. Era de noche. De pronto, entre dos coches, apareció en mitad de la calzada, justo delante de nosotros,  una mujer envuelta en un ropaje oscuro. El taxista giró bruscamente el volante mientras la mujer se quedaba quieta (ambos hicieron gala de una perfecta sincronización y de una admirable sangre fría, fruto sin duda de innumerables años de entrenamiento) y la esquivamos. Entonces, sonriendo y dándome una palmada tranquilizadora en la rodilla (porque yo, inexperto extranjero, me había llevado un susto mortal), el taxista  invocó la fórmula mágica que tantas veces iba yo a oír en Egipto: "No problem!".

Más o menos cuatro horas después estábamos de vuelta en el hotel. El taxista nos había estado esperando a la puerta del restaurante. Nos cobró 40 libras (mil trescientas y pico pesetas al cambio) por una larga carrera de ida y vuelta y una espera de varias horas en el frío de la noche.

El Cairo tiene, dicen, 16 millones de habitantes. Tiene también muchos kilómetros de una punta a otra (kilómetros de bloques de pisos de color terroso), largos pasos elevados, mezquitas, iglesias coptas y un magnífico cementerio habitado. En la ciudadela está la Mezquita de Alabastro, levantada en 1830 por Muhammad Alí, cuyo interior puede visitarse. En el patio de la mezquita está la Torre del Reloj, que los franceses canjearon por el obelisco de la plaza de la Concorde. Desde la ciudadela puede contemplarse la ciudad (en primer plano, una junto a otra -empeñadas ambas en salir en la foto-, las mezquitas del sultán Hassán y ar-Rifa'i).

La visita al bazar el-Khalili es también inexcusable. Después de recorrer sus callejuelas durante un rato cruzamos, por un paso subterráneo, a la parte del bazar no destinada a los turistas, por la que hicimos un brevísimo pero delicioso recorrido. Allí, expuestos para la venta, pueden verse los artículos más diversos: desde frutas o especias hasta gallinas vivas. Volvimos a la plazoleta en la que debía recogernos el autocar. Anochecía y empezó a llover. Enfrente, fluorescentes blancos y verdes daban un insólito aspecto de atracción de feria a las torres de la mezquita al-Azhar (construida en el siglo X).

Luxor

Llegamos a Luxor en un avión de línea regular, sobrevolando el desierto. A lo lejos, entre la neblina, podía contemplarse la línea del Nilo (con sus márgenes verdes). Luego, el río se perdió de vista, para reaparecer en las cercanías de Luxor.

Templo de Hatshepsut (foto: PACO LOZANO)Fuimos directamente a visitar Karnak: la avenida de esfinges, el primer pilono... y la gran sala de columnas, realmente impresionante. Terminamos la visita dándole siete vueltas al Escarabeo que, desde hace tantos siglos, descansa en su zócalo al lado del lago sagrado. Eso trae suerte. O, al menos, así nos lo aseguraron.

Y luego fuimos al templo de Luxor. Ante la entrada, el solitario obelisco cuyo compañero viajó hasta París. Pero este templo es menos impresionante que el de Karnak. Comimos en el barco que iba a llevarnos Nilo arriba, el "Moon River". Por la tarde desembarcamos para dar un paseo, e inmediatamente nos acosaron vendedores de baratijas y conductores de calesas, con una actitud mucho menos amable que la que habían mostrado sus colegas de El Cairo.

Más tarde pudimos escuchar la voz del muecín que, por medio de altavoces instalados en las calles, llamaba a los fieles a la oración.

La mañana siguiente la dedicamos a visitar Tebas Oeste, la ciudad de los muertos. Primeramente, nos detuvimos ante los deteriorados colosos de Memnón para hacer la obligada foto. Luego, recorrimos el Valle de los Reyes y visitamos algunas tumbas. Recogí algunos trocitos de piedra del valle como recuerdo. Luego, continuamos hasta Deir el-Bahari, para visitar el Templo de los Muertos de Hatshepsut.

Crucero por el Nilo

Zarpamos y navegamos Nilo arriba. A medianoche llegamos a Esna y nos detuvimos ante la esclusa. Se acercaron unos nativos con un bote al costado del barco, mostrando varias chilabas (que, en la oscuridad de la noche, casi no podían verse), y regatearon largamente con alguien situado cerca de la proa. Una vez cerrado el trato, lanzaron la chilaba hacia la cubierta. Al pasar por delante de la ventana de nuestro camarote, nos ofrecieron a gritos su mercancía. Pero no estábamos allí para hacer compras, sino para ver el paso de la esclusa (aunque al final, como el acontecimiento se demoraba, nos acostamos sin verlo).

Al día siguiente llegamos a Edfú. Desembarcamos e hicimos una visita al templo ptolemaico dedicado a Horus, que se conserva en perfecto estado.Puesta de sol en el Nilo (foto: PACO LOZANO) Después de visitar el templo nos apartamos del grupo para fotografiar desde lejos la parte frontal del edificio (hice otra fotografía en las ruinas de una pequeña construcción emplazada dentro del recinto, frente al pilono de entrada). Ese espacio está situado bastantes metros por debajo del nivel de la zona actualmente habitada, de la que la separan altos taludes. Al ver que nos acercábamos, un tropel de niños comenzó a lanzarnos desde lo alto latas atadas con cuerdas, para que introdujéramos en ellas dinero, caramelos o bolígrafos. Acudió entonces una mujer y, riñéndoles, les obligó a marcharse.

Esa tarde paramos en Kom Ombo para visitar el templo ptolemaico de Sobek (el dios cocodrilo) y Haroeris, con sus magníficos relieves y sus cocodrilos momificados. Luego pude fotografiar la puesta de sol (maravillosa y brevísima puesta de sol en el Nilo). Era de noche cuando llegamos a Asuán.

A la mañana siguiente dimos el típico (pero agradable) paseo en falúa, pasando al lado de la isla Elefantina para llegar hasta el lugar donde se levanta el Mausoleo del Aga Khan. En el mercadillo que hay en ese lugar compramos diversos objetos (entre ellos una pandereta y un raro instrumento musical de cuerda supuestamente nubios).

Por la tarde echamos una ojeada a la presa de Asuán. Pasamos sobre la famosa primera catarata, ahora sin agua porque el curso del río ha sido desviado. A lo lejos, en su isla, se veía el templo de Filae.

Luego dimos un largo paseo por la ciudad. Atravesamos un parque público, en el que un hombre rezaba, postrado en el suelo, frente a una pared desnuda. Recorrimos una larga calle comercial que acababa en un descampado, cerca de una mezquita. Tiendas diversas, puestos callejeros. Droguerías oscuras y algo siniestras, una barbería, un chivo atado a la puerta de una carnicería. En la calle, una tinaja con agua y una lata para los transeúntes sedientos.

Esa noche debíamos ir al Espectáculo de Luz y Sonido, en Filae. Pero, al parecer, unos importantes personajes estaban visitando la ciudad y, esa noche, el espectáculo iba a celebrarse sólo para ellos. Así fue como el largo brazo de la vaca que ríe (así llaman en Egipto a Mubarak) nos impidió ver Filae.

Abu Simbel

El 1 de Marzo era domingo. Por la mañana tomamos el avión de Abu Simbel. Un corto viaje, que también puede hacerse atravesando el desierto por Abu Simbel, Alto Egipto (foto: PACO LOZANO)carretera. Desde el cielo, se veía la enorme extensión de agua embalsada (el llamado lago Nasser) que se derrama sobre el mar de arena sin conseguir que crezca ningún tipo de vegetación.

Por fin, al lado del lago, apareció el gran templo hipogeo, que se veía minúsculo desde la altura. Aterrizamos y nos encaminamos hacia él.

El aspecto exterior del templo es sobradamente conocido. En el interior, los relieves son realmente magníficos, y sorprenden las pequeñas salas excavadas (más bastamente) en lo más profundo de la roca.

El pequeño templo es, exteriormente, más atractivo aún. Se conserva en perfecto estado, y también posee en el interior magníficos relieves.

Después de ver ambos, visitamos la cúpula de hormigón que protege el mayor en su nuevo emplazamiento. Tiene, por cierto, un feo aspecto de central nuclear (afortunadamente, no puede verse desde el exterior).

Regresamos desde Abu Simbel a Asuán, pero no salimos del aeropuerto. Esperamos largas horas al avión que tenía que devolvernos a Madrid. Por fin pudimos subir a bordo y, después de un viaje muy movido, llegamos a Madrid vía Barcelona. Aterrizamos en Barajas de madrugada. Mientras esperábamos el avión que iba a traernos de vuelta a casa, al acordarnos del aeropuerto de Asuán creíamos estar en un hotel de lujo.

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