Relatos de viajes

La India durante el monzón (relato de viaje)

Por PACO LOZANO


Sabíamos que los meses de verano no son los más indicados para viajar a la India, pero por fin este año, ante la imposibilidad de encajar el viaje en otras fechas, decidimos hacerlo. En agosto. En pleno monzón.

Así que el 5 de agosto de 2013 llegamos a Delhi, después de hacer escala en Bruselas. Era ya muy tarde cuando llegamos al Taj Mahal, un magnífico hotel de cinco estrellas (había olvidado comentar otra de las razones que nos animaron a hacer este viaje: recibimos una estupenda oferta, a tono con los tiempos de crisis que estamos viviendo). Para acceder al hotel, las medidas de seguridad son muy estrictas: se controlan motor, maletero y bajos del vehículo en la verja de acceso, y luego en la puerta el equipaje pasa por un scanner y el huésped por un arco detector de metales.

Delhi

El 6 de agosto está dedicado a Delhi. Lo primero que se aprecia es que es una ciudad enorme, con amplísimas avenidas en su parte nueva (la que recibe el nombre de Nueva Delhi). Si a eso le añadimos el caos de tráfico que parece caracterizarla, queda meridianamente claro que moverse en ella llevará mucho, mucho tiempo. Delhi no puede visitarse de ningún modo en un sólo día, pero es lo que hay...

Delhi: Jama MasjidPasamos ante el Fuerte Rojo, y visitamos el Raj Ghat, un memorial en recuerdo de Gandhi (una losa de mármol negro señala el lugar en el que éste fue incinerado). Luego pasamos ante la Puerta de la India y los edificios gubernamentales de Nueva Delhi, hacemos una parada ante la verja de entrada a la llamada Casa Presidencial y llegamos a la Jama Masjid, la Mezquita del Viernes (hoy, a consecuencia de la partición de la que surgió Pakistán, sólo el 14% de los indios son musulmanes; pero se hacen notar, y mucho). Construida por los mogoles en el siglo XVII, la Jama Masjid es enorme y grandiosa. Puede visitarse, aunque las mujeres occidentales son obligadas a vestir una bata que proporcionan in situ.

Después visitamos el templo hindú Laxminarayan, también conocido como Birla Mandir. Fue inaugurado por Gandhi, que puso como condición que el acceso no estuviera reservado a los hindúes, lo que viene de perlas a los viajeros. En el Birla Mandir tenemos ocasión de familiarizarnos algo con los dioses hindúes. Nuestro guía aprovecha la visita al templo para rezarles.

Después vamos al principal templo sij de Delhi, llamado Gurdwara Bangla Sahib. En el siglo XVII era el palacio de un rajá. Hoy es un importante centro de peregrinación para sijs e hindúes. El Gurdwara Bangla Sahib presenta un formidable aspecto, con sus cúpulas doradas y sus paredes de mármol blanco. El templo forma parte de un complejo que incluye, entre otras cosas, un gran estanque y una cocina que alimenta gratuitamente a los peregrinos, sea cual sea su religión. Vemos cómo comen, sentados en el suelo y en ordenadas filas, llenando hasta rebosar un gran salón, mientras otros esperan fuera que les llegue su turno, también sentados en el suelo.

Por la tarde visitamos el Qutab Minar, el minarete de ladrillos más alto del mundo, y el complejo Qutb, del que forma parte. Este complejo de origen medieval es bastante extenso, e incluye, entre otras cosas, una mezquita y un mausoleo. También un pilar de hierro perteneciente a un templo hinduísta mucho más antiguo que, asombrosamente, no presenta hoy en día signos de corrosión.

Jaipur

El 7 de agosto partimos de Delhi, por carretera, camino de Jaipur. Durante el viaje terminamos de acostumbrarnos a la manera india de conducir, en la que sólo parece haber una regla: hay que tocar el claxon continuamente para avisar a los demás conductores y a los peatones de que uno está ahí y va a disputarles su espacio. Al principio, el visitante extranjero va de sobresalto en sobresalto. Pero termina por acostumbrarse. Uno se acostumbra a todo.

Nos paramos a comer en el Palacio de Samode, construido inicialmente en el siglo XVI en las afueras de la localidad del mismo nombre, convertido en palacio en el siglo XIX y utilizado como hotel desde finales del XX. Tenemos ocasión de recorrer algunas salas del lujoso palacio. Sentada en el cesped del jardín, una mujer vestida con un sari de colores vivos arranca a mano las malas hierbas y va haciendo con ellas un montoncito. Salta a la vista que en la India no hay escasez de mano de obra.

El 8 de agosto está dedicado a Jaipur y alrededores. Primero nos dirigimos a la cercana localidad de Amber, para visitar su palacio fortificado, el fabuloso Fuerte Amber. El fuerte está encaramado a una colina, que ascendemos a lomos de un elefante, en medio de una larga fila de elefantes que transportan cada uno a dos turistas. Más arriba, en otra colina, hay un fuerte militar.

Recorremos el fuerte Amber. Abajo tiene un jardín, en medio de un lago. El fuerte está vigilado por policías. Uno de ellos nos ofrece conducirnos hasta una parte que está cerrada al público. Le seguimos. Al regresar le damos la propina que estaba buscando (ya hemos aprendido que en la India todo el mundo, en el entorno turístico, busca una propina).

Al regresar desde el Fuerte Amber vemos el Jal Mahal, un palacio construido en medio de un lago.

Jaipur: Palacio de los VientosLuego pasamos al lado del Palacio de los Vientos y visitamos el City Palace, que está a dos pasos. En la puerta del City Palace hay un encantador de serpientes. En una parte del palacio vive todavía la familia real de Jaipur.

A continuación recorremos el Jantar Mantar, un observatorio astronómico del siglo XVIII situado junto al palacio que, como tantas cosas en la India, ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Finalizadas las visitas del día, decidimos dar un paseo por las largas calles del centro amurallado de la ciudad rosa. Pero la del paseo resulta no ser una idea demasiado buena, porque la ciudad es un completo caos de coches, motos, ricksaws, tuk-tuks, personas con las más diversas indumentarias, basuras en las que comen vacas y cabras, humos procedentes de los tubos de escape, charcos dejados por las lluvias del monzón, monos en las alturas de los edificios... En las calles apenas se ve ningún extranjero. Cruzarlas es toda una aventura, a la que, sin embargo, los locales se lanzan sin vacilar: son los vehículos de todo tipo los que deben evitarlos a ellos y no al revés. Todo el mundo huele a curry. Nosotros, después de tres días en la India, también.

En las zonas más céntricas, los vendedores acosan a los escasos extranjeros que en esta época de monzones transitan por las calles. También los pedigüeños. Algunas mujeres vestidas con saris de vivos colores se ofrecen a ser fotografiadas a cambio de una propina. Alejándose un poco del centro, uno podría caminar más tranquilo si no fuera por la omnipresente basura y por el tráfico.

Llego al hotel con la camisa empapada de sudor con olor a curry.

Fatehpur Sikri y el sucio palacio del maharajá

El 9 de agosto emprendemos, en coche, la ruta de Fatehpur Sikri, ciudad erigida por los mogoles en el siglo XVI. A medio camino empieza a llover con fuerza. Aunque en este momento parezca una broma, después de ser la capital del imperio mogol durante 14 años, Fatehpur Sikri fue abandonada, al parecer, por falta de agua. Bajo la lluvia, la ciudad abandonada resulta ligeramente decepcionante. Renunciamos a ver el mausoleo y la mezquita: tendríamos que haber ido descalzos bajo la lluvia entre una mulltitud de musulmanes, ya que ese día se celebraba el final del Ramadán. En ese momento no nos pareció una buena idea.

En lugar de dirigirnos a Agra lo hacemos a Dholpur, donde vamos a dormir. Dholpur resulta ser una aglomeración de gentes, casas, calles y carreteras destrozadas, charcas insalubres... Tercer Mundo en estado puro. Nuestro destino es el Raj Niwas Palace, palacio de un maharajá convertido en hotel. En el jardín del palacio hay una serie de bungalows con pretensiones, pero el que nos asignan está sucio. Para colmo de males, no hay agua caliente y nadie contesta al teléfono cuando intentamos informarnos de las causas... En resumen: el Raj Niwas Palace cuenta con muchos metros cuadrados de supuesto lujo y con una deficiente atención al cliente.

Agra

Delhi: Raj GhatEl día 10 de agosto partimos temprano hacia Agra. Allí vamos, en primer lugar, a ver el Taj Mahal, el monumento más famoso de toda la India. El Taj Mahal es un complejo de edificios construido en el siglo XVII por el emperador mogol Shah Jahan. El mausoleo de mármol que constituye el edificio principal del complejo no decepcionará al viajero, por grandes que sean sus expectativas. El único problema es que, incluso en esta época, la afluencia de visitantes es excesiva.

Y luego vimos el Fuerte Rojo de Agra, situado, como el Taj Mahal, a orillas del río Yamuna. Se trata de un conjunto palaciego amurallado, construido por los mogoles en el siglo XVI en piedra arenisca roja (de ahí le viene su nombre). Es la fortaleza más importante de la India. Desde ella gobernaron el país los emperadores mogoles.

Desde el Fuerte Rojo puede verse el cercano Taj Mahal.

Orchha

El día 11 de agosto tomamos el tren con destino a Jhansi para continuar por carretera hasta la cercana Orchha. Es ésta una pequeña localidad que queda al margen de las principales vías de comunicación. Vive del turismo, a pesar de lo cual las vías de acceso de que dispone están en un estado lamentable. En pocos sitios he visto baches tan enormes como los que vi en este día en la India (más que baches eran verdaderos cráteres). Y por supuesto, en mitad de la vía se encontraban, cada cierto tiempo, vacas y otros animales.

En Orchha visitamos su enorme palacio-fortaleza, que consta de diversos edificios construidos en diferentes épocas. Desde las alturas de la fortaleza, las vistas son impresionantes.

Cuando terminamos la visita era hora de comer. Lo hicimos en el restaurante de un hotel con aspecto "occidental", elegido porque a esas alturas hacía tiempo que nuestros estómagos sufrían los efectos de la comida india, siempre especiada y picante (y cuando digo siempre quiero decir siempre). Y resultó que en ese hotel todos los platos de la carta, excepto uno, estaban marcados con el punto verde que señala la comida vegetariana (también picante, faltaría más). El único plato señalado con el punto rojo de la comida no vegetariana era un arroz con huevo incluido en el apartado de comida china. Lo pedimos. El huevo brillaba por su ausencia. Bueno, no digo que el plato no contuviera huevo en absoluto: si se hubieran analizado unos residuos amarronados que podían verse, un poco perdidos, entre el arroz, posiblemente se hubiera llegado a la conclusión de que lo contenía... Y esa fue nuestra comida en Orchha: una cerveza y un plato de arroz. Una característica común a los restaurantes en los que comimos en la India, incluidos los de los hoteles (con la excepción del lujosísimo Taj Mahal de Delhi), es la escasez de platos marcados con el punto rojo, debido a que los indios son tradicionalmente vegetarianos. Pero este de Orchha se colocó, en este aspecto, en el primer lugar de nuestro ranking particular.

Después de comer continuamos el camino, por carretera, hasta Khajuraho.

Khajuraho

El 12 de agosto visitamos los templos de Khajuraho. Es ésta una localidad pequeña, pero en ella se encuentra el mayor conjunto de templos hinduístas de todo el país. Se trata templos muy antiguos, construidos en los siglos X y XI. Son famosos por sus esculturas eróticas. Han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Ocupan una gran extensión de terreno, así que la visita puede durar bastante tiempo.

Junto a la entrada al conjunto, fuera de la valla, hay un templo dedicado a Ganesha. Contínuamente acudían hindúes a visitarlo y a depositar ante una estatua del dios sus ofrendas, que luego eran mordisqueadas por cabras y perros.

Por la tarde tomamos un avión hasta Varanasi en el pequeño aeropuerto de Khajuraho.

Varanasi (Benarés)

El 13 de agosto nos levantamos muy temprano para estar en los ghats (escalinatas) junto al Ganges al amanecer. Ya sabíamos que en esta época, debido al monzón, el Ganges baja muy crecido, y no salen las barcas que permiten contemplar los ghats desde el río. Pero lo que no sabíamos es que éstos están totalmente cubiertos por las aguas, de modo que las callejas que llevan al Ganges desembocan directamente en éste. Por eso, casi no hay sitio para los peregrinos que acuden a bañarse y los turistas que pretender ver el espectáculo, agolpados todos en un espacio muy reducido. A la salida del ghat, una larga fila de mendigos espera la limosna de los visitantes.

Después visitamos un crematorio. Creo que hay que hacerlo, el crematorio forma parte de la cultura del país. Subimos a la plataforma en la que arde continuamente el fuego y rodeamos éste. Vemos cómo los restos de una cremación son arrojados al Ganges. Fuera, la luz de la mañana brilla sobre el agua que cubre los ghats.

Nuestro guía nos dice que los templos de Varanasi no se pueden visitar. Si nos engaña o no, es algo que no sabemos. Nos conduce a un callejón para acceder al cual tenemos que dejar fuera cámaras, teléfonos móviles... absolutamente todo excepto el dinero y el pasaporte. En la entrada del callejón hay un fuerte control policial, con arco detector de metales, control de pasaportes, etc. Y ¿qué hay en el callejón? Nada, en realidad. Subiéndose al escalón de una puerta y estirando el cuello pueden verse, asomando por encima de las casas de enfrente, la magnífica parte superior de un templo hindú, cubierta de pan de oro, y más allá las cúpulas de una mezquita. Eso es todo.

Más tarde vamos en coche hasta Sarnath, a 10 km de Varanasi. Allí está el sitio donde Buda predicó por primera vez, que es uno de los lugares santos del budismo. En Sarnath hay un templo budista moderno sin ningún interés, un árbol sagrado y una antigua estupa conmemorativa en unos jardines en los que muchos musulmanes celebran todavía el final del Ramadán.

Al atardecer volvemos a internarnos en los barrios de Varanasi cercanos al Ganges, entre charcos de agua, multitudes y una circulación increíblemente caótica, para ver la ceremonia hindú que tiene lugar todos los días frente al Ganges. Llueve. Luego, deja de llover y podemos cerrar los paraguas. Los espectadores que tenemos delante se van marchando, y acabamos viendo la ceremonia en primera fila.

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